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Camino en Santidad

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LA IMPORTANCIA DEL APOSTOLADO

La Última Cena de Leonardo da Vinci

La vida cristiana es por definición comunitaria: la palabra iglesia viene precisamente del griego que significa asamblea. No es, pues, posible pensar o vivir la fe sin referirla a otra u otras personas, empezando por las que tenemos más cerca como familiares y amigos, hasta llegar a la mismísima Trinidad.

No obstante, no solemos pensar la fe de esta manera, excepto cuando vamos a misa y nos encontramos con un sinnúmero de gente que, sin embargo, tal vez no conocemos. Ahora, si bien es importante y valioso que el lazo de la gracia y el amor de Dios nos una sacramentalmente, también lo es anunciar su Palabra, alegrar al mundo con la buena nueva.

Es cierto que el apostolado puede parecer cosa del clero exclusivamente, y hasta hace relativamente poco esto era así con poquísimas y raras excepciones. Pero el mundo en el que vivimos ha cambiado, y si bien las bases de la Iglesia siguen tan firmes como siempre, ya no es sólo cosa de sacerdotes y religiosos, pues su trabajo, si bien más necesario que nunca, necesita mucho apoyo, es decir, tu ayuda y la mía.

Nosotros los laicos estamos llamados a seguir a Cristo en nuestras labores ordinarias. Así como Jesús fue carpintero y se ganó el sustento trabajando duramente, nosotros, debemos santificarnos y santificar a los demás del mismo modo. Esta es una gran enseñanza que nos dejó San Josemaría Escrivá. Por otra parte, también debemos invitar a otros a ser mejores según sus propias circunstancias. Así, por ejemplo, si un amigo no es cristiano y no es buen estudiante, ayudarle a ver que necesita disciplina y que eso le hará bien a él y a los que le rodean será apostolado. Y si otro amigo es un cristiano ferviente y le sucede lo mismo, hemos además de recordarle que Dios lo espera en su estudio y cada una de sus actividades cotidianas.

En resumidas cuentas, ser apóstol es anunciar a Cristo según el oído de cada uno. Así como no somos exactamente iguales con nuestros padres, amigos y profesores respectivamente y, más aún, no somos totalmente iguales con ninguna persona, seamos entonces infinitamente diversos con cada alma que nos necesite, recordando que no todos necesitan lo mismo ni de la misma forma.

Dios aguarda tras cada uno de estos sucesos y, adaptándose a cada uno, nos busca para entrar en nuestras vidas, aguardando a que le demos nuestro corazón.

Nicolás Díaz

BUENAS Y MALAS RAZONES PARA BUSCAR LA CONFESIÓN

confesion24Es este uno de los sacramentos más difíciles de comprender y aceptar, simplemente porque es el único que toca –y de qué manera- nuestro orgullo y nuestra privacidad. Es indudable que entre las cosas más difíciles de la vida humana se encuentra reconocer los errores y debilidades, pero, sobre todo, aceptarlos y tratar de enmendarlos. Ahora bien, si esto es difícil, todavía lo es más el hecho de que tengamos que reconocerlos, todos y cada uno, frente a alguien sobre el que normalmente no recaen directamente.

El sacerdote, que para un creyente sincero, es el mismo Cristo, particularmente cuando se trata de asuntos sacramentales, no obstante no deja de ser un hombre más como nosotros, y es ante este hecho que dudamos y tememos pues, ¿quién es acaso el sacerdote para perdonarme por algo que ni siquiera le compete?

Hay que decir primero un par de cosas. Antes que nada, este tipo de prejuicios no constatan más que el miedo profundo a abrir nuestro corazón, especialmente cuando de la oscuridad que llevamos dentro se trata. Todo ser humano lleva en su corazón tanta luz como obscuridad podamos imaginarnos, y es por esto que, así como de la persona más buena a veces surgen acciones completamente reprobables e inesperadas, de la más innoble e hipócrita podemos a veces ver una transformación tan auténtica, que nos recuerda aquello de que “todos pueden llegar a ser un San Agustín”.

En seguida, debemos recordar e insistir enfáticamente en el hecho de que, el Sacerdote, sea Pedro, Juan o José, en materia sacramental es siempre e inequívocamente otro Cristo, por lo que, al decirle “Padre, he pecado”, no estamos diciendo “José, he pecado”, sino “Señor, he pecado”. Es el mismo Jesús, el bondadoso y sencillo, el que nos escucha, el que atiende nuestro dolor, nos perdona y nos corrige.

Ahora, bien, atendidos estos asuntos del Sacramento, cabe hablar de una cosa muy importante y que a veces no somos capaces de ver con claridad: ¿Con qué intención me acerco a él?

Estar arrepentido y buscar perdón y ayuda es definitivamente el primer paso, pero como la vida espiritual es un camino y un ascenso, nuestra sensibilidad interior se va afinando a medida que la fe se hace en nosotros una roca más solida, por lo que pedir perdón para nuestros errores y consejo para remediarlos deja de ser, si es que somos dóciles al Espíritu, una cuestión egoísta, en la que nos liberamos de culpas y castigos futuros y nos hacemos acreedor es del premio de la salvación, para convertirse en un verdadero dolor de lastimar a los demás y a Dios, así como un vivo y auténtico deseo de traer luz y alegría a la vida de los que nos rodean, para gloria de Dios, y nada más, porque la verdad y el amor son gratuitos, no buscan nada a cambio.

Aquello de que “el que peca y reza empata” no es cristiano de ninguna forma. La confesión no es un cálculo de utilidades en que se nivelan por arte de magia las malas acciones que he cometido a través de la absolución sacerdotal. De hecho, todo arrepentimiento tiene que venir acompañado, en la medida de lo posible, de una forma de reparación, primero ante Dios y luego ante los hombres, o de lo contrario se convierte en una mentira. Y no hay mejor forma de reparación que la conversión. Porque retribuir lo que se ha tomado indebidamente o el dolor que se ha causado es sólo una forma negativa de reparación. La forma positiva es hacer el bien abundantemente, darnos como nos enseño Cristo, es decir, en las cruces de cada día: es reparar incluso aquello que otros han destruido con nuestro cariño.

Los cristianos estamos llamados a ser luz en medio de la obscuridad, y como no podemos confiar en nosotros mismos –pues sabemos cuán débiles somos–, hemos de buscar en Cristo el camino y la vida, pues Él es la Verdad.

Busquemos la confesión para amar bien y ser mejores, no para igualar el mal con el bien, o de lo contrario nunca encontraremos a Dios y por ende, no podremos mostrarlo a los demás.

Nicolás Díaz
victory0people@gmail.com

¿EN QUÉ CONSISTE LA SANTIDAD?

Si somos cristianos, y lo somos de verdad, nos encontramos buscando agradar a Dios y servir a los demás constantemente, sin tregua. Esto es en principio la santidad. Es verdad que tenemos una imagen de los santos bastante engrandecida: en efecto han pisado esta tierra un puñado de hombres con cualidades verdaderamente extraordinarias; cualidades que podríamos denominar sobrehumanas.

No obstante, esta misma concepción, amplificada, a veces incluso un tanto más de lo debido, nos coloca a la mayoría en una situación de desencanto y es que ¿cómo podrá alguien común y corriente llegar a ser la mitad, un cuarto o un octavo de lo que fue un San Francisco de Asís, un San Juan de la Cruz o un san Juan Pablo II?

No hay que olvidar dos cosas:

  1. 1.      Este grupo de hombres maravillosos que admiramos y veneramos como santos y que son tan extraordinarios, son ante todo personas que decidieron no rendirse. A veces nos sorprendemos de nosotros mismos cuando vemos que logramos cosas que quizá creíamos no estaban a nuestro alcance. La perseverancia y la paciencia son clave en esto (recordando a San Pablo, también el amor, que es el ingrediente secreto sin el que nada es posible). El hombre es capaz de muchas cosas si se lo propone. No hay un ser humano en el mundo que no tenga la capacidad de hacer algo mejor que los demás: algunos son más fuertes, otros más inteligentes, etc., el punto es qué decidimos hacer con esas cualidades que resaltan en nosotros.
  2. No podemos olvidar que el santo es ante todo alguien que está abierto humildemente a la gracia divina. Si a las cualidades naturales que posee cada uno, le añadiésemos una entera disposición de servir a Dios y al prójimo, de seguro todos seríamos, incluso en lo más sencillo y ordinario, verdaderamente sobrehumanos y extraordinarios. No hace falta tener súper-poderes para cambiar el mundo todos los días; pero sí hace falta tener mucha gracia de Dios, que es mucho mejor y más hermosa que cualquier súper-cualidad de héroe de comic. Un héroe puede salvar muchas vidas ¿pero qué es una vida sin cariño y atención?

Ser santo es obra de Dios. La imagen estoica del mármol que es el hombre y que ha de ser esculpido es bastante adecuada. Dios es el artista que, si se lo permitimos, hará de nosotros la obra de arte que ha visto tras esa roca informe. Hay que estar de acuerdo en que algunos hombres son mármol, pero otros son arcilla y otros, simple ruido. Dios hará de cada uno, según lo que sea, una bella escultura, una bella cerámica o una bella melodía (¿o quizá una armonía?). De cualquier manera, de una cosa podemos estar seguros: hoy, en el día de todos los Santos, recordemos que nuestra vocación es Dios, ser perfectos como Él es perfecto, tal como nos ha dicho Cristo, es decir, la santidad ¡Busquémosla con alegría y humildad!

¿PARA QUÉ ASISTIMOS A MISA?

tridentineelevationEsta es una pregunta cuya  respuesta es difícil de dar, pero es también, una necesaria, pues es verdad que a veces no estamos seguros de por qué asistimos a ella. A veces incluso, más que de nosotros mismos, surge de personas que conocemos y que queremos, y a las que no logramos convencer del todo pues quizá, nosotros no lo tengamos completamente claro.

De cualquier manera, como cristianos que intentamos acercarnos cada vez más a Cristo para compartir su vida, o mejor, para que el nos la comparta a nosotros, nunca sobra conocer un poco más y mejor la fe que profesamos. Por lo cual esta respuesta, sencilla, es sólo un abrebocas de todo lo que hay detrás de una realidad tan rica y maravillosa, que ojalá sigas buscando no sólo vivir, sino también comprender profundamente.

Asistimos a misa, en primer lugar, porque Dios lo ha querido. Es cierto que esta respuesta es insuficiente, pero mirada positivamente, si en verdad amamos a Dios, la forma más sencilla de entender la misa es precisamente esta. Cuando se ama no hacen falta tantas razones, simplemente queremos agradar al ser amado, y si Dios nos pide asistir a misa ¿cómo negarnos?

Pero uno no inicia enamorado, sino que, poco a poco, va cayendo en el amor, construyendo una relación, paso a paso. Por esto, aquella respuesta no es suficiente y la iglesia, el lugar de encuentro con el Señor, es sólo el primer paso, la primera cita, que necesitará una consolidación a través del tiempo.

Asistimos a misa, entonces, en segundo lugar, es precisamente eso, un encuentro. Ir a misa es antes que nada encontrarse con aquél que ha dado su vida por nosotros, y que, a través de las diferentes partes (momentos) de la misa, se nos va presentando, nos va contando quién es, que ha hecho, y qué espera de nosotros. Nos habla, nos pide que hablemos. Este encuentro es, pues, el desarrollo de una relación, de un amor, de una vida común.

Más, ¿por qué tiene que ser de esta manera y no de otra? Es fácil asistir cuando hay mucho entusiasmo, pero no cuando la efusión del encuentro ha mermado y la novedad se ha convertido, querámoslo o no, en costumbre. Cuando las cosas se hacen monótonas parece que no tiene sentido hacerlas; la repetición se convierte en algo tedioso.

Por esta razón, asistimos a misa, en tercer lugar, a pesar de nuestros deseos y gustos. Es fácil decirle a alguien que se le ama iniciando una relación. Pero es difícil, después de compartir mucho tiempo, decirlo. Nos cansamos de lo mismo cuando no buscamos otra cosa que a nosotros mismos. El que se busca a sí mismo siempre se encuentra, pero tal encuentro es solitario, y por eso es frío y monótono. Por eso, el que se cansa de amar es que realmente no amaba, sólo se buscaba a sí mismo.

Si pasa esto, si sólo busco emoción y alegría constantes, quizá no estoy buscando al otro (en este caso al Otro), sino a mí mismo. Entonces no hay amor, y con razón no hay deseos de asistir a misa.  ¿Para qué? Si solo me voy encontrar a mí mismo recitando palabras, si no sé si alguien las escucha o las responde; si, sobre todo, no voy a escuchar yo mismo lo que se me dice.

Por todo esto, asistimos a misa, finalmente, no para nosotros mismos, sino para Dios, para los demás. Ir a misa puede ser costoso, pero amar lo es. Y aunque a veces parezca que no hay nada, es sólo una apariencia. De una cosa hay que estar seguros: Dios es siempre fiel, y está con nosotros todos los días. No hay nada solamente cuando buscamos nuestro egoísmo, pues si hay algo vacío es cerrar el corazón a los demás y a Dios.

Amar es un regalo, y no hay que esperar tanto recibirlo como darlo. El hombre  es un regalo para otros hombres. Ir a misa es una de las formas en que el hombre reconoce que es un regalo y se entrega como tal. Como es tan difícil saber esto y recordarlo, el sacrificio del altar nos lo recuerda cada domingo, o cada día (para los que no se contentan con ir sólo el domingo), pues si hay alguien que fue un regalo completamente, fue Cristo al entregarse para ser crucificado.

Así que ya lo sabes, ir a misa es comprender el amor un poco mejor, y es que, el que sabe reconocerlo también aprende a darlo. El amor se cultiva, poco a poco, con paciencia y tiempo.

EN QUÉ CONSISTE HACER ORACIÓN

prayer1Si, como cristiano, eres de aquellos que se esfuerzan por imitar verdaderamente a Cristo, quizá alguna vez te lo has preguntado. También, aunque algunas veces habrás sentido que el asunto marcha bien, otras, sin embargo, encuentras que realmente la oración es algo costoso, incierto, incluso infructuoso. Antes que nada, quisiera invitarte a que no te desanimaras, pues, si bien es un tema sobre el que nunca se aprende lo suficiente (como ningún otro tema valioso en la vida), nunca se está demasiado lejos de su verdad si están presentes estos dos ingredientes: amor desinteresado y disciplina.

En primer lugar, no está demás advertir que la oración cristiana implica una actitud humana muy peculiar y que es diferente de la manifestación de piedad de otras culturas y religiones. Pero ¿por qué puede ser esto una advertencia? Simplemente porque –y de verdad considero que es más desconocimiento que ánimo contradictorio– la oración a veces se mezcla con prácticas provenientes de otras religiones y culturas de las que se desconoce sus implicaciones tanto humanas como sobrenaturales. Ningún verdadero cristiano busca paz en su alma, y seuramente no va a encontrarla, de esta manera. Nada tenemos los cristianos en contra, hay que decirlo, de otras religiones, especialmente cuando se trata de cosas que incluso pueden ser buenas, pero en su debida circustancia. Por esta razón, el cristiano no mezcla inadecuadamente prácticas religiosas, pero respeta al que, habiendo crecido dentro de ese conjunto de creencias distintas, las practica.

Si, como cristiano, haz intentado mezclar elementos de diversas religiones para encontrar respuestas, quizá es tiempo de que busques un sacerdote para que te indique qué de eso es compatible con la fe, y que no. Puedes también buscar en internet qué es el sincretismo para que sepas por qué un cristiano verdadero no puede mezclar cierto tipo de prácticas espirituales con su fe y documentos del vaticano sobre la oración cristiana, que son muy constructivos.

Ahora bien, si tienes conocimiento de doctrina y sabes que este tipo de prácticas es preferible evitarlas, y de todas formas no sabes qué hacer con la oración, he aquí mi consejo:

Recuerda que hacer oración es antes que cualquier otra cosa hablar con otra persona, o mejor, con tres Personas. Dios, que es uno y trino, es decir, tres personas y un solo Dios, se relaciona con el hombre personalmente. Si se relacionara como un Dios lejano, que vive “en otro país” y donde es difícil la comunicación sería comprensible tratarlo como Dios a secas, y nada más, sin mucha confianza, con pocas palabras, con distancia. Pero Cristo nos ha dicho: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Entonces, si está con nosotros todos los días ¿por qué tratarlo distantemente? Pero igual que se ha de tratar a Cristo con confianza, que está con nosotros todos los días, hay que tratar al Padre y al Espíritu. En verdad, aunque Cristo haya sido la Persona de la Trinidad que se hizo hombre, el Padre y el Espíritu están igual para nosotros, a su manera, y siempre actuando como un solo Dios.

Si esto te parece complejo te voy a dar una pista sobre el dogma de la Trinidad que hará más cercana tu comprensión: Dios es una familia. El Padre engendró al Hijo, y su relación de amor es el Espíritu Santo. Definitivamente, la mejor imagen que tenemos en la tierra de esto es, primero, la Sagrada familia y luego, en condiciones favorables, la familia que a cada uno le tocó. Es cierto que la propia familia puede no ser el mejor ejemplo de la trinidad, y si este es tu caso, quizá conozcas alguna que sí lo sea, y si este tampoco es tu caso, no hay por qué desanimarse, mira la Trinidad y la Sagrada Familia y se tú, si tienes vocación al matrimonio, quien muestre esa relación de amor en la tierra, que si algo hace falta es esto precisamente.

Pero no nos desviemos. La oración es, pues, una relación personal, familiar, amistosa. Ve al oratorio, a la Iglesia,  y háblale al Santísimo de tu día, de tus alegrías, de tus tristezas; de lo que te molesta, de lo que no comprendes. Luego haz silencio, y escucha. No olvides que, como en una conversación con un amigo, no es sólo uno el que habla; hay que dejar hablar al amigo. Algún día no hará falta hablar, como hacen los buenos amigos de muchos años, que se contentan sólo con estar acompañados el uno del otro, o los amantes, que llegan a ser en esto igual que los amigos.

Finalmente, recuerda que a veces la oración será dura, que Dios parecerá, a pesar de tener todo esto claro, más lejano que el punto más distante del universo visible. Y es que, aunque Dios sea cercano, no lo es, como lo es otro ser humano que esté inmediatamente en frente, sensible. Para esto, San Agustín nos ha dado en sus confesiones una pista de dónde se encuentra a Dios: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.”.

La disciplina, la constancia, son los elementos más poderosos, puestos por el hombre, de toda relación y actividad. Es cierto que Dios nos da su gracia, y podemos contar con su ayuda aunque no estemos seguros siempre de en qué consista exactamente. Pero, de nuestro lado, el grano de arena que hemos de poner y que seguro dará muchos frutos, es este. Si no encuentras, quizá no estés buscando bien (¡fórmate y aprende de tu fe!), o no te estés esforzando lo suficiente (¡no te des más excusas y cambia tu vida!). Nada de lo que pongamos nunca será suficiente. Si no te rindes Él no se rendirá contigo, su esencia es no rendirse, es infinitamente misericordioso, y el infinito funciona así: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11… 35… …1000…1000000….496849204861… Punto por punto, sin acabarse nunca.

Nicolás Díaz (email: victory0people@gmail.com)

AMORIS LAETITIA: LA MIRADA PUESTA EN JESUS: VOCACIÓN DE LA FAMILIA CAPÍTULO TERCERO

Christian-Cross-Background-WallpaperEste capítulo comienza con la constatación, a la vez que con la exhortación para recordar qué es aquello que debe encontrarse dentro de la familia como su núcleo, en torno al cual sus integrantes se reúnen y del cual reciben su vida, su anhelo, su fuerza para continuar. Sin esto la familia y el matrimonio son envoltorios vacíos, luces de una estrella demasiado lejana que no tiene fuerza suficiente para calentar los corazones de los hombres.

Toda la creación de Dios es, por ser obra de sus manos, buena; nada hay que, por ende, podamos ignorar o descartar. El matrimonio pues, es un don de su creación que incluye, entre otras cosas, la unión sexual: « No os privéis uno del otro » (1 Co 7,5). Aquello que Jesús restaura para nosotros en su aspecto originario, como una hermosa pintura desgastada por el paso del tiempo y la dureza de la intemperie, lo es también en cuanto a su significado. La indisolubilidad del matrimonio no es otra cosa que la suavidad del corazón ante el amor, contrariamente a la dureza ante la que se encuentra Jesús y a la que ya había Moisés tenido que encarar permitiendo, para evitar un “mal mayor” el repudio de la mujer. Lejos, no obstante, de ser esto una carga pesada, es un regalo. La indisolubilidad es ante todo una muestra de quién es Dios en su grandeza, no una carga para recordarnos nuestra condición miserable. De haber una carga, era precisamente esa dureza del hombre que, habiéndose insensibilizado ante la verdad y el bien, clamó para liberarse de ella y poder ver las cosas como en un principio: “La alianza esponsal, inaugurada en la creación y revelada en la historia de la salvación, recibe la plena revelación de su significado en Cristo y en su Iglesia.”.

El Santo Padre señala precisamente aquel milagro con el que el Señor inaugura su vida pública, esto es, la conversión de agua en vino en las bodas de Caná. El hombre y la mujer, ordinarios como el agua, son signo auténticamente extraordinario, en su unión, de aquel fermento de la vid que no sólo es símbolo de alegría, sino del sacrificio de la Cruz. Son, por otra parte, diversos los relatos en los que Jesús interactúa con las familias, de sus amigos, de paisanos, de hombres que lo acogían en su hogar y lo hacían centro de su velada.

“La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María; en la fiesta de los pastores junto al pesebre, en la adoración de los Magos; en fuga a Egipto, en la que Jesús participa en el dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado; en la religiosa espera de Zacarías y en la alegría que acompaña el nacimiento de Juan el Bautista, en la promesa cumplida para Simeón y Ana en el templo, en la admiración de los doctores de la ley escuchando la sabiduría de Jesús adolescente. Y luego, penetrar en los treinta largos años donde Jesús se ganaba el pan trabajando con sus manos, susurrando la oración y la tradición creyente de su pueblo y educándose en la fe de sus padres, hasta hacerla fructificar en el misterio del Reino. Este es el misterio de la Navidad y el secreto de Nazaret, lleno de perfume a familia.”. Es esta la fuente de donde bebe cada cristiano, cada familia cristiana; donde renueva su esperanza, su fe y su amor; donde encuentra consuelo y fuerza para continuar y para volver a empezar; donde el miedo es vencido.

En la familia humana reunida en Cristo, se encuentra restaurada la “imagen y semejanza” del Dios trino, misterio este del que brota todo verdadero amor, pues Dios es el Dios que es Amor. De esta manera, el matrimonio nunca ha sido ni es ahora, una simple convención, un rito vacío; es sacramento para salvación y santificación de los que lo reciben, signo y gusto de lo que se encuentra allende lo que podemos ver o imaginar en esta vida y que será revelado plenamente en la otra. Los esposos son lo que Cristo a su Iglesia y en este sentido, imagen viva del sacrificio de la Cruz.

“En la acogida mutua, y con la gracia de Cristo, los novios se prometen entrega total, fidelidad y apertura a la vida, y además reconocen como elementos constitutivos del matrimonio los dones que Dios les ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso, en su nombre y frente a la Iglesia.”. La historia de cada matrimonio es la historia única del encuentro con la verdad de cada ser humano de un modo universal y específico, irrepetible, que paradójicamente revive en su singularidad aquello que todos los creyentes reconocen en el depósito revelado y en la tradición viva de su fe.

“Según la tradición latina de la Iglesia, en el sacramento del matrimonio los ministros son el varón y la mujer que se casan, quienes, al manifestar su consentimiento y expresarlo en su entrega corpórea, reciben un gran don. Su consentimiento y la unión de sus cuerpos son los instrumentos de la acción divina que los hace una sola carne.”. Así, lejos de la opinión popular que desconoce su propia fe, el sacerdote no es el que celebra la unión de amor entre dos hombres; simple testigo, pero no cualquier testigo, acompaña a aquellos que celebran su unión y sacrificio agradable a Dios.

Más allá, incluso, de la religión que se profese y la cultura en la que se esté inserto, la familia como realidad natural, cuya verdad es proclamada por la Iglesia, es posible cuando la entrega y la ternura, cuyas consecuencias se extienden a los hijos, forma en estos la semilla de una lucha contra lo que destruye la vida, el bien, la verdad  y la belleza. El niño es, además, algo implícito, central en la relación matrimonial. No es simplemente algo secundario y extirpable. De alguna manera la sexualidad lo trae indirectamente. No hay sexualidad que se pueda separar de su función más que artificialmente. El amor de los esposos que se manifiesta en la relación sexual trae casi necesariamente a colación la posibilidad del nacimiento de un nuevo mundo, que es cada nueva vida: “Desde el comienzo, el amor rechaza todo impulso de cerrarse en sí mismo, y se abre a una fecundidad que lo prolonga más allá de su propia existencia.”.

De otro lado “El Estado ofrece un servicio educativo de manera subsidiaria, acompañando la función indelegable de los padres, que tienen derecho a poder elegir con libertad el tipo de educación —accesible y de calidad— que quieran dar a sus hijos según sus convicciones. La escuela no sustituye a los padres sino que los complementa. Este es un principio básico: «Cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consenso y, en cierta medida, incluso por encargo suyo».”.

“La Iglesia es familia de familias, constantemente enriquecida por la vida de todas las iglesias domésticas.”. Por tanto, hacer parte de la Iglesia es precisamente ser acogido en un hogar. Recordar esto es fundamental para no perder el camino, considerando que el mundo, muchas veces, es todo lo contrario: desamparo, soledad e intemperie.

En los próximos días estaremos comentando el cuarto capítulo!

EXPOSICIÓN DE AMORIS LAETITIA DEL PAPA FRANCISCO (CAPÍTULO SEGUNDO)

familia-palitos-familyLa primera constatación que se realiza en este capítulo se refiere a la importancia irreductible de la familia para el mundo, no sólo para la Iglesia. Por esto mismo, hay que atender, en concreto, a cada una de las circunstancias en las que se desenvuelve, positivas y negativas, pues allí es donde, precisamente, se hace presente la acción del Espíritu Santo, en la historia concreta de cada amor.

Un aspecto que se transparenta en todo este proceso es el del cambio antropológico y cultural que enmarca la vida de los hombres y, por tanto, la manera en que se desenvuelven en su comunidad. Por esto mismo, se requiere un abordaje, una mirada distinta ante los problemas. Se muestra este cambio en la diversidad de roles que se asumen, la forma de tratarse, etc. que no permiten formas de vida, de relacionarse del pasado, que ahora no son sino obsoletas. De cualquier manera, el riesgo que se corre en este punto del tiempo, es el del individualismo egoísta, que exaltando demasiado lo diferente de cada uno, lo incompartible, puede aislar y deshumanizar, cerrando a cada ser humano en sí mismo, como una isla sin otra referencia a tierra que sí misma, con un mar que le rodea demasiado vasto y solitario.

El riesgo que corre el amor en este mundo es, precisamente, el de la provisionalidad y no compromiso. No hay un deseo, en muchos casos, de crear vínculos fuertes, duraderos, sanos, verdaderamente humanos. No obstante, los cristianos aún debemos presentar la realidad del amor conyugal sin miedo, ni vergüenza. Esta invitación, esta propuesta de vida no debe, empero, hacerse sólo de manera retórica (es decir, hace falta el ejemplo) ni autoritaria (es decir, hace falta proponerla sin imponerla). Por otra parte, esta presentación no puede consistir de manera predominante en crítica negativa, es decir, en atacar todo lo que no se debe hacer, o todo lo que está mal en el mundo pues, si bien pudiera ser cierto, no es de ninguna manera constructivo y la verdad siempre lo es.

Es por demás, no sólo un problema conocido sino además urgente, el que se refiere a las condiciones materiales y sociales, normalmente adversas, que tiene que enfrentar una familia. Y no sólo esto, sino la misma posibilidad de su formación queda condicionada, muchas veces y desesperanzadoramente, a este conjunto de obstáculos. La dificultad de conseguir los medios suficientes y adecuados para su sustento, desarrollo y comodidad; la oposición directa de la estructura social (leyes contrarias al valor de la familia) así como la indirecta (proposición de formas de vida como “mejores”, pero así mismo contrarias a ese  valor), entre otros tantos obstáculos.

Finalmente, se ha de resaltar que el matrimonio es incomparable con sustitutos suyos como la “convivencia libre”, e irreducible a alguna de sus partes. El matrimonio es un camino de fecundidad y apertura, de gratuidad y grandeza, un auténtico don. Pero hace falta más apoyo precisamente a los matrimonios por esta razón. Es muy fácil señalar un camino a seguir, pero no lo es acompañar en él.

En los próximos días estaremos comentando el tercer capítulo!

EXPOSICIÓN DE AMORIS LAETITIA DEL PAPA FRANCISCO (CAPÍTULO PRIMERO)

FamíliaLa Biblia nos muestra  a través de sus páginas que el hombre siempre está en una familia. Después de los primeros dos, Adán y Eva, nunca más el hombre aparece aislado de sus padres y hermanos, de sus semejantes más cercanos. En este sentido la pareja humana es imagen del Dios vivo “signo visible del acto creador”. Evidentemente, Dios en su trascendencia no es sexuado, pero se realiza el hombre como imagen y semejanza suya de esta manera concreta. Creer que en Dios hay sexos es antropomórfico, es decir, idolatría, construcción humana. Por el contrario, la pareja que ama es portadora de vida (hecho que se manifiesta, por ejemplo, en el nacimiento de un niño) verdadera escultura, no construida e inventada por el hombre. Es pues, el amor la mejor imagen de Dios entre los hombres. “El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente”.

El varón se da cuenta de su soledad, de aquello que no es capaz de colmar el resto de la creación, pues no es suficiente respuesta a lo que su corazón pregunta y solicita. El abandono en que se encuentra el hombre es aliviado pues dentro de la familia, en la reciprocidad y apoyo propio de esta comunidad, pequeña y grande a la vez. “El verbo « unirse » en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto que se utiliza para describir la unión con Dios: «Mi alma está unida a ti» (Sal 63,9), canta el orante”.

Cuando el Papa Francisco hablad de que en el Antiguo Testamento la palabra la palabra, después de Yavé, que más veces se encuentra, es hijo (ben), vocablo que remite al verbo hebreo que significa « construir» (banah). Así pues, como el universo, como el mundo, como el hombre, creado por Dios, es el hombre quien, a través de esa construcción monumental que es la procreación, refleja su vocación de colaborador de Dios, de amigo de Dios.

No obstante, es evidente que el sufrimiento es parte de la vida humana, y el amor y la familia no están exentos de esta circunstancia. Pero Dios no deja de manifestar en esto que “acompaña al amor, vejándolo, dificultándolo, endureciéndolo”.

Por otra parte, el trabajo es también considerado en las páginas del Antiguo Testamento, donde el hombre está llamado a cuidar y transformar el jardín en el que ha sido colocado y que le ha sido confiado. Este llamado a cultivar el jardín del mundo, hace posible el desarrollo de las sociedades y, más atrás, el sostenimiento de la familia pues, si bien la materia no es espíritu, es desde la materia que el espíritu humano puede desplegarse. Así, donde no hay acceso a esta posibilidad, a este llamado que tiene el hombre a construir un mundo más amable para sí mismo y para los demás,  se genera sufrimiento dentro de la comunidad, en cada familia, en cada persona. Hay que recordar que, de todas formas, el trabajo es cuidado y transformación benéfica, no destructiva: por ende, el deseo de dominio de la naturaleza conlleva su destrucción, como ha mostrado el mundo altamente industrializado y tecnificado. Donde se destruye la naturaleza se destruye así mismo al hombre pues, no todo es cultura, no todo es construcción humana; el hombre no es un construir y autoconstruirse absoluto.

El Papa Francisco también resalta la ternura como virtud olvidada que configura y es signo de verdadero amor. Además “Con esta mirada, hecha de fe y de amor, de gracia y de compromiso, de familia humana y de Trinidad divina, contemplamos la familia que la Palabra de Dios confía en las manos del varón, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. No hay que olvidar finalmente, la familia de Nazaret como signo de toda familia, en sus dificultades y grandeza.

En los próximos días estaremos comentando el segundo capítulo!

EXPOSICIÓN DE AMORIS LAETITIA DEL PAPA FRANCISCO (INTRODUCCIÓN)

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Se harán varias exposiciones teniendo en cuenta la manera en que está dividido el libro, atendiendo a lo que sería el prólogo, es decir la introducción, y cada uno de los capítulos que la conforman. El fin de todo esto será ayudar a difundir el mensaje que incluye, teniendo en cuenta, por supuesto, que siempre será recomendable ir directamente a la Exhortación.

“La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia”. No puede negarse que el amor, que está amenazado por tantos frentes, tiene retos que asumir y obstáculos que superar, pero siempre cuenta, no sólo con el aval de la comunidad de creyentes sino, además, con que es en la familia que la Iglesia encuentra una gran ocasión de celebrar pues ¿qué más humano y a la vez divino que el amor de un hombre y una mujer?

Por otra parte, dada la circunstancia en que se encuentra el amor, existen diversos debates tanto en la opinión pública como en el mismo seno de la Iglesia que “van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas.” Pero esto no es ni recomendable ni suficiente. Es decir, la relevancia del tema implica una atención muy peculiar, muy seria, y es que en cierta medida de esto depende mucho del futuro del hombre, no sólo del hombre que cree.

Resaltar que esta Exhortación encuentra su lugar en el año de la Misericordia, muestra precisamente una sugerencia del Espíritu que, como Amor entre Padre e Hijo, no abandona al hombre en sus dificultades: de hecho, se hace más presente que nunca, así parezca que Dios ha abandonado el mundo. La familia es, pues, precisamente el lugar donde el Espíritu construye su nido, incluso, cuando parece que la discordia allí no permite salvar nada. Nunca hay un amor que no pueda ser rescatado, que no pueda resurgir de las cenizas.

Respecto al conjunto de temas que se van a tratar específicamente, vale la pena adentrarse en el texto mismo, que es completamente claro y asequible.

El Papa recomienda que la lectura no sea una general y apresurada: “Podrá ser mejor aprovechada, tanto por las familias como por los agentes de pastoral familiar, si la profundizan pacientemente parte por parte o si buscan en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta. Es probable, por ejemplo, que los matrimonios se identifiquen más con los capítulos cuarto y quinto, que los agentes de pastoral tengan especial interés en el capítulo sexto, y que todos se vean muy interpelados por el capítulo octavo. uno, a través de la lectura, se sienta llamado a cuidar con amor la vida de las familias, porque ellas «no son un problema, son principalmente una oportunidad».

En los próximos días estaremos comentando el primer capítulo!

EL PECADO ORIGINAL

Cuando Adán comió del fruto, perdió la santidad y justicia en que había sido creado, incurrió en la ira e indignación de Dios y como consecuencia, murió como Dios le había dicho que pasaría En fin, hubo un detrimento corporal y espiritual en la persona de Adán por su acción lamentable.

La consecuencia sufrida por tal decisión no incide solo en la persona de Adán, sino en su descendencia, y que la consecuencia no es solo el detrimento, sino además la carga culposa de la comisión del pecado. Además, se afirma que este pecado no se quita por otro medio que no sea el mérito del Salvador (Jesucristo) y que su mérito es igual de eficaz en adultos que en niños habiendo el sacramento del Bautismo.

Por otra parte el pecado original con el Bautismo queda completamente perdonado, y no queda ninguna carga de ningún tipo moral o espiritual (se quita la condena) en la persona ya limpia. No obstante, quedan algunas consecuencias ineludibles (concupiscencia) pero que son propias de otro orden que el moral y espiritual. Esto es vencible con la debida determinación y ayuda de la gracia.

Finalmente se excluye de esto a la Virgen María, que por su condición y la voluntad Divina, está libre de esta carga.

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